Desperdicio de alimentos: conocer para actuar

17/02/2017
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La Mesa de Participación, grupo de trabajo constituido por las asociaciones de consumidores CEACCU, FUCI, CECU, UNAE y UCA/CAUCE, junto a MERCADONA, realizaba el pasado año la «Encuesta de hábitos de compra y consumo» entre más de 2.000 consumidores con el objetivo de conocerles mejor y, a partir de los resultados obtenidos, poder informarle, mejorar su protección y conocimiento y fomentar entre ellos un consumo más responsable y sostenible. La encuesta fue dividida en 4 áreas, las dos primeras analizaban en profundidad los hábitos de compra, la tercera la información y formación que tiene el consumidor en temas de nutrición y etiquetado, y una cuarta área donde se analiza su conocimiento y su predisposición a colaborar. Así, en esta cuarta y última parte, analizaremos la responsabilidad social en los hábitos de producción y compra, acercándonos a la percepción de los consumidores sobre si los alimentos que se producen en el mundo son suficientes para satisfacer las necesidades de la población o sobre el desperdicio de alimentos. Poniendo siempre en estrecha relación ambas realidades, quisimos respecto al fenómeno del desperdicio alimentario, acercarnos a la percepción de la ciudadanía sobre este problema, conocer la sensibilización de los consumidores sobre el asunto, analizar las opciones barajadas para evitarlo y poder identificar los niveles de responsabilidad detectados respecto al asunto.

Partíamos de la base de que problema del desperdicio alimentario, lamentablemente no es un fenómeno nuevo en una sociedad como la nuestra y ya, en los años 60 del pasado siglo, en un país desarrollado como los Estados Unidos se creaban los primeros Bancos de Alimentos. Su aparición respondía a la observación de cómo había personas sin recursos que se alimentaban mediante la recogida de alimentos que se caían, y que no se recuperaban, en las operaciones de descarga que se realizaban en las cercanías de los mercados. La realidad es que esta visión de aprovechar alimentos que se desperdiciaban y ponerlos a disposición de las personas más vulnerables se fue extendiendo, no solo por Estados Unidos sino por muchos países del mundo, pues empezaba a nacer una nueva conciencia y se comenzaba a generar alternativas para abordar el fenómeno.

El problema observado era que, en esos mismos países donde se solicitaba ayuda externa para obtener una cesta de la compra digna, se estaban simultáneamente tirando alimentos que eran perfectamente consumibles por esa ciudadanía en situación vulnerable. Nacía así también el concepto de “despilfarro alimentario”, cuya definición estandarizada quedaba fijada por el Parlamento Europeo en 2011 como «conjunto de productos alimenticios descartados de la cadena agroalimentaria pero que siguen siendo perfectamente comestibles y adecuados para el consumo humano y que, a falta de posibles usos alternativos, terminan eliminados como residuos».

Muchos analistas sitúan el origen del desperdicio en la cadena agroalimentaria, es decir, en cada una de las fases por las que pasa un alimento, desde su plantación y recolección, hasta su consumo en el hogar de cada ciudadano. Al respecto se han ido estableciendo distintas clasificaciones para delimitar las fases o eslabones de la cadena agroalimentaria, pero se podrían destacar cuatro fundamentales, habiendo sido secuenciadas en la producción, la manufactura, la distribución y el consumo. Y en todas estas fases, muchos son los que se preguntan cuáles son los motivos por los cuales los países más desarrollados presentan parecidos niveles de despilfarro de alimentos. Las respuestas al respecto son complejas, pues se trata de la interacción de una multitud de factores que afectan a cada una de las fases identificadas en la cadena agroalimentaria.

A modo de ejemplo, en la fase de producción son conocidas por la alarma social que generan, las situaciones de despilfarro cuando los beneficios esperados de la cosecha son menores que el coste de su recogida. Otros ejemplos en esta fase son los relativos a la aplicación de las normas de calidad que deben de cumplir las frutas y hortalizas para poder ser vendidas, centradas en criterios puramente estéticos (tamaño, aspectos o imperfecciones) más que en parámetros exclusivamente sanitarios y nutricionales, motivo por el cual se acaban desperdiciando una gran cantidad de alimentos perfectamente consumibles.

Tampoco está exenta de críticas la fase de la distribución y comercialización donde cada vez se reivindican más, tanto la demanda de información de cómo se gestionan los alimentos, como la articulación de programas de Responsabilidad Social Corporativa de cada una de las empresas operadoras. Como tampoco lo está el eslabón del consumo, con parámetros que propician el despilfarro como el relativo al desconocimiento de las diferencias existentes entre productos con fecha de caducidad y de consumo preferente, analizados detenidamente en la citada encuesta de la MPAC. Otros factores claves en el ámbito del consumo son tanto la mala planificación de las compras, como el tratamiento, el cocinado de los alimentos o le pérdida de la cultura culinaria de las recetas y platos de aprovechamiento.

Sin embrago, en tiempos de crisis como los que hemos vivido en los últimos años, el principal foco de atención sobre este problema en un país como España, tanto a nivel tanto mediático, como de ciudadanía ha sido sin duda el motivado por el importante crecimiento de la población que se ha visto abocada a necesitar ayuda externa para obtener una alimentación digna. Muchos han sido los parámetros que nos ido indicando la fuerte caída en los recursos económicos de gran parte de la población española, como puede ser la evolución de los datos de población desempleada, los indicadores de riesgos de pobreza y/o exclusión o los porcentajes de los llamados “trabajadores pobres”. Consecuencia de todo ello ha sido el considerable incremento de peticiones de ayuda básica alimentaria a entidades benéficas.

Desde el conocimiento del fenómeno descrito y de sus repercusiones en nuestro país, la encuesta de la MPAC quiso en su bloque dedicado a la responsabilidad social en los hábitos de producción y compra dedicar unas preguntas a conocer la opinión e inquietudes de la población española a este respecto, siendo las conclusiones más relevantes que:

  • La mitad de los encuestados cree que en el mundo se producen alimentos suficientes para satisfacer las necesidades de sus
  • La inmensa mayoría de la población española considera el desperdicio de alimentos como un problema importante.
  • El 87% de los encuestados afirma estar ya haciendo algo para evitar el desperdicio de alimentos.
  • La población española cree en una responsabilidad compartida de todos los agentes de la cadena de valor agroalimentaria, con relación al desperdicio de alimentos.
  • Existe una clara división de opiniones en torno a si las industrias, las empresas comercializadoras o la cadena agroalimentaria en general están sensibilizadas con el problema del desperdicio de alimentos.
  • Y que existe también una posición también dividida e intermedia en torno a si los consumidores están realmente sensibilizados sobre el problema del desperdicio de

Teníamos los análisis de campo y quisimos contar con la opinión de los consumidores españoles pero, además, lo auténticamente importante era que el análisis de algunos de estos problemas, también nos podía dar pistar relativas a las distintas soluciones que se pueden ir poniendo en marcha, no solo a nivel empresarial o institucional, sino desde el punto de vista de cada persona o familia. Porque estamos convencidos de que la batalla contra el desperdicio de alimentos, implica aspectos económicos, sociales, éticos, y también ambientales, ya que al despilfarrar alimentos, no solo se está tirando comida sino que también se están enviando a la basura todos los recursos naturales que han sido necesarios para producirlos, y los contaminantes asociados a su generación. Muchos son los restos planteados y a todos tenemos el deber de dar respuestas.