Descifrando el etiquetado para evitar sustos
Comprar puede convertirse en una pequeña odisea para las personas con alergias alimentarias. Lo que para algunos es cuestión de echar un vistazo al envase, para otros implica escudriñar etiquetas kilométricas con letra minúscula, buscar sinónimos camuflados e, incluso a veces, usar la linterna del móvil para poder leer ingredientes en envoltorios reflectantes. Todo ello mientras se intenta no bloquear el pasillo del supermercado y que nadie tropiece con el carrito. Con ocasión del Día Mundial de la Alergia, rendimos homenaje a aquellos que están obligados a vivir con absoluta concentración cada acto de compra y añadimos como bonus track algunos consejos que pueden ayudar a salir bien parado de la visita al súper.
Si alguien se pregunta por qué es tan complicado leer las etiquetas de los productos alimenticios debe saber que la normativa europea obliga a identificar claramente los 14 alérgenos de declaración obligatoria, como el gluten, la leche, los frutos secos o el huevo (Reglamento UE 1169/2011). Estos deben destacarse visualmente en la lista de ingredientes (por ejemplo, en negrita o mayúsculas). Hasta ahí, más o menos bien. El problema llega cuando la letra es demasiado pequeña, el diseño del envase dificulta o impide la legibilidad, el producto contiene más de 30 ingredientes y los tecnicismos convierten la etiqueta en un jeroglífico o se utilizan términos ‘desconocidos’ para el gran público como caseinato (proteína de alto valor biológico propia de la leche) en lugar de leche.
Los básicos (y obligatorios)
Para un primer acercamiento a las etiquetas es más que recomendable saber cuáles son los ya citados 14 alérgenos más comunes que deben declararse y que, sí o sí, deben ir destacados. Nos referimos al gluten, los crustáceos, los huevos, el pescado, los cacahuetes, la soja, la leche (incluida lactosa), los frutos de cáscara (almendras, avellanas, nueces, etc.), el apio, la mostaza, el sésamo, el dióxido de azufre y los sulfitos, los altramuces y los moluscos.
Además, la ley obliga no solo a incluir su presencia directa, sino también la posibilidad de trazas. El famoso ‘puede contener’ que a la mayoría de los consumidores les resulta ambiguo, pero es clave para prevenir riesgos, sobre todo en alérgicos severos.
En España, los restaurantes también están obligados a informar sobre los alérgenos que contienen los alimentos que ofrecen. Según la Ley de Información Alimentaria, los establecimientos de hostelería deben proporcionar a sus clientes información clara y precisa sobre los alérgenos y, aunque no es necesario que los incluyan en la carta, deben estar disponibles para su consulta a través de uno o varios medios. El incumplimiento de este punto puede acarrear sanciones económicas y legales, además de poner en riesgo la salud de los clientes con alergias o intolerancias.
Guía práctica de lectura
Tanto si se es nuevo en esto de leer etiquetas o se quiere ir prevenido para no cometer errores, hay algunas estrategias útiles para llegar a dominar este deporte de riesgo.
Por un lado, es aconsejable llevar una lista de los alérgenos a detectar y de sus alias. Muchas sustancias se esconden tras nombres poco evidentes como la ya mencionada caseína o caseinato. En el caso de la leche también hay que tener en cuenta otros sinónimos como lactosa o proteínas lácteas. Lo mismo para el huevo, ovoalbúmina o lisozima; y el gluten, harina de trigo, sémola, espelta o triticale.
Hoy en día existen aplicaciones móviles, habitualmente creadas por asociaciones de personas alérgicas o instituciones de salud, que facilitan esta tarea escaneando las etiquetas y ‘traduciéndolas’ automáticamente para el consumidor.
Otra cosa a tener muy en cuenta son las alegaciones que aparecen en algunos productos como el famoso ‘sin’. En estos casos es muy recomendable revisar igualmente revisar el etiquetado completo porque un producto ‘sin gluten’ puede llevar huevo, leche o frutos secos. Lo mismo ocurre con los ‘veganos’ que no están necesariamente libres de alérgenos (pueden contener soja, frutos de cáscara o gluten).
Atención también a los productos importados o sin traducción. Aunque la legislación europea es estricta, algunos productos internacionales -sobre todo en tiendas especializadas o de alimentación étnica- pueden no seguir las mismas normas de etiquetado o no traducir todos los alérgenos. Si no se entiende el idioma del etiquetado, mejor no jugársela.
Por último, pero no por ello menos importante, es recomendable consultar siempre el ‘puede contener’. Aunque la ley no obliga a ello, muchas marcas incluyen voluntariamente advertencias sobre posible contaminación cruzada como por ejemplo “puede contener trazas de frutos secos”. Esto es especialmente importante en alérgicos graves. Para mayor seguridad se debe comprobar la web del fabricante o su servicio de atención al cliente.
Sobre todo, seguridad
Precisamente la seguridad es el leitmotiv de este artículo y, por eso, la última recomendación consiste en elegir, siempre que se pueda, alimentos frescos y sin procesar (frutas, verduras, legumbres, carnes sin aditivos). Siempre serán una opción más segura, sobre todo cuando el etiquetado no ofrece confianza. En definitiva, para una persona con alergias, leer correctamente las etiquetas es tan importante como tomar una medicación.




